Mikel Arana
No es sencillo evaluar acontecimientos pasados. El riesgo de reescribir el contexto en virtud del resultado y de edulcorar el proceso es tan evidente, que a medida que va pasando el tiempo resulta muy complicado hacer un análisis certero de lo ocurrido.
Otro tanto ocurre con la tentación de convertirse en protagonista de un momento en el que, tal vez, solo se estuvo como espectador o attrezzo, en el peor de los casos.
De ahí que, desde mi punto de vista, en primer lugar, resulte fundamental recordar cuál fue el contexto en el que se desarrolló la Conferencia Internacional de Paz de San Sebastián y cuál fue el papel desempeñado por unos y por otros.
En relación al contexto, debemos recordar que la izquierda abertzale oficial estaba fuera del Parlamento Vasco como consecuencia de su ilegalización, que el Gobierno Vasco estaba en manos del PSE con el apoyo parlamentario del Partido Popular, que en el Estado español se habían convocado elecciones un mes antes y que, si bien la presencia internacional en la Conferencia fue notable, gracias, sin duda a los esfuerzos y aciertos de Lokarri, nadie parecía confiar demasiado en los resultados del encuentro.
A todo ello debemos sumar el hecho de que ETA, aunque extraordinariamente debilitada tanto desde el punto de vista social como operativo, había roto los puentes de diálogo con el gobierno español y que éste, si bien no se opuso al encuentro tampoco quiso formar parte oficialmente de él.
Sin embargo, la conferencia se celebró y aunque con notables ausencias, tras horas de reuniones, más bilaterales que multilaterales, todo hay que decirlo, el encuentro finalizó con la lectura de un comunicado de cinco puntos, y la esperanza de los allí presentes de que ETA iba a decretar el cese definitivo de la violencia tal y como se le pedía en el primero de los puntos de esa declaración, algo que, finalmente, ocurrió dos días después.
Transcurrida una década, la sensación de que el tiempo que dedicamos a aquella conferencia fue muy bien empleado y que el riesgo político que asumimos por nuestra participación en la misma mereció la pena es algo que todos los allí presentes suscribiríamos sin dudarlo. Pero como en todos los procesos donde se emplea la violencia, diez años después, como país, aún nos queda gestionar las consecuencias de ésta y, sobre todo, evitar su eventual repetición.
Y para ello, a medida que avanza el tiempo, resulta más importante que nunca la construcción de un relato o si se quiere, relatos, que partan del reconocimiento de la injusticia de la violencia y la responsabilidad de quienes la ejercieron. Porque si quienes no tenían edad para formarse su propia opinión de lo que supuso la vulneración de los DDHH en Euskadi reciben una información parcial y mitificada de lo ocurrido, el riesgo de que (ejerciéndola de nuevo o no) la violencia se acabe justificando, es enorme.