El 20 de Octubre ganamos la libertad, Aiete sólo fue una pista de aterrizaje

Raúl Arza

Hay fechas en Euskadi cinceladas con mimo en mármol, sedimentadas sobre el sufrimiento de decenas de miles de personas que fueron perseguidas, aterrorizadas y asesinadas en nombre de un proyecto totalitario en el que sobraba la mitad de la sociedad vasca. La ensoñación de ETA de un país uniforme, solidificado en un magma rojo de sangre y basado en mitos falsos, se desvaneció un 20 de octubre de 2001. Ese día, la sociedad vasca decente ganó la libertad. La gente de carne y hueso, la que madruga para ir al trabajo, la que salió a calle durante décadas –después de una etapa ignominiosa de mirar hacia otro lado, de poner contexto político a la muerte-; toda la gente que siempre pensó que matar estuvo mal y que el sufrimiento causado durante 50 años por una organización terrorista en nombre de un pueblo monolítico que solo existía en su mente desvariada, fue injusto todos los días de esas cinco décadas de espanto.

No hay caminos para la paz, la paz es el camino. Pero para llegar a la estación término de la ansiada libertad, la democracia, cuando es plena (o aspira a serlo), está dispuesta a hacer esfuerzos. A colocar pistas de aterrizaje que hagan más fácil el viaje de vuelta de un mundo cerrado y en blanco y negro a una realidad con todos los colores que ofrece la paleta de la libertad. Lo que la democracia no está dispuesta  nunca es a transitar por caminos pavimentados por la desmemoria o el blanqueamiento del sufrimiento causado. Sin perder de vista el valor político que en todos estos años han tenido las víctimas del terrorismo etarra. Eso fue para este sindicato la denominada pomposamente ‘Conferencia Internacional de Paz de Aiete’, una pista de aterrizaje instrumental que los que siempre hemos denunciado la violencia de ETA de manera mancomunada asfaltamos para que otros pudieran hacer una enmienda a la totalidad a su pasado de horror. Algo que seguimos esperando: una asignatura pendiente que solo ese mundo puede hacer.  

UGT-Euskadi y su secretario general, Raúl Arza, participaron en aquel encuentro en el Palacio donostiarra de Aiete. Y lo hicimos para certificar la altura moral de la ciudadanía vasca, para recordar a los ausentes, para dar testimonio de la línea roja que nunca se debió cruzar en este país: la que divide a los que piensan y viven en libertad y la de aquellos que deciden qué deben hacer y pensar los demás para que se les permita seguir viviendo. Para no ser asesinados.

Como dijo el entonces ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, del Ejecutivo socialista liderado por José Luis Rodríguez Zapatero, si para traer la paz a Euskadi hubiera habido que organizar una ‘Conferencia Internacional de Paz’ como la que impulsó el abogado sudafricano (Brian Currin), junto a otras organizaciones como Lokarri, y a los destacados exmandatarios internacionales que se dieron cita ese día en Aiete (Koffi Annan, Jonathan Powell, Bertie Ahern, Pierre Joxe, Gru Harlan y Gerry Adams), él mismo habría “pagado los billetes de mi bolsillo”. De hecho, el final que ETA escenificó días después de Aiete, a su manera, tétrico, con las capuchas de la vergüenza y el anonimato cobarde, se había producido mucho antes. Gracias a la semilla dejada por movilización social, los Pactos de Ajuria Enea y Antiterrorista, el Basta Ya! tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, la colaboración internacional. Y la lucha de las diferentes policías, con la ley en la mano y sin atajos como la tortura o el terrorismo de Estado, que solo consiguieron retrasar el final de ETA, además de suponer una vergüenza moral que algún día, alguien, en algún lugar, más pronto que tarde, deberá admitir públicamente para cerrar de una vez el ciclo de la justicia, verdad y reparación y construir convivencia de futuro).

Hay mochilas para descargar, errores que admitir. Sobre todo las que aún portan a sus espaldas quienes defendieron que se podía matar para conseguir objetivos políticos. No acaban de soltar todas las amarras. Les toca admitir que no es sana una sociedad que tiene representantes políticos y sindicales que no reniegan de haber aplaudido el asesinato, de gritar en las calles “ETA mátalos” o que defienden ahora los ‘ongi etorris’ a asesinos. Pero para ese viaje ya no hay ‘conferencias internacionales’ posibles, ni ‘Acuerdos’ de relumbrón, ni pistas de aterrizaje. Hace falta valentía política. Valentía.