Ya han transcurrido diez años

Pierre Hazan

En primer lugar, me gustó la inversión de los símbolos. El 17 de octubre de 2011, el proceso de paz tomó posesión de lo que fue la residencia de verano del general Franco en San Sebastián. Allí se celebró uno de los momentos clave para poner fin al conflicto vasco, en la propia casa del Caudillo, responsable en gran medida del conflicto vasco, que continuó mucho después de su muerte.

Ese día de octubre de 2011, con mis amigos del Grupo Internacional de Contacto (GIC), me encontré en compañía de casi todos los actores de la sociedad civil vasca: sindicalistas, responsables de la Iglesia, representantes de la patronal, partidos políticos (excepto el Partido Popular) y muchas asociaciones. Todos tienen sus propias lecturas y opiniones sobre las causas y responsabilidades del conflicto, sobre el futuro del propio País Vasco, y no dudaron en expresarlas. Sin embargo, todos coincidieron en un punto esencial: después de décadas de violencia, de mil muertos, de miles de heridos, por no hablar de las heridas psicológicas, del clima de miedo y de intimidación que han impregnado esta sociedad, era hora de que las armas callaran.

Este era el mensaje de la sociedad civil vasca, un mensaje que nosotros -los miembros del Grupo Internacional de Contacto- veníamos haciendo nuestro desde hace tiempo: un llamamiento a ETA para que renunciara irrevocablemente a la lucha armada -sin renunciar a su objetivo de autodeterminación- y al Gobierno español para que respondiera positivamente. Este fue el sentido del mandato que negociamos con los actores políticos y sociales del País Vasco: lograr una normalización política, que incluyera la legalización de todos los partidos que renunciaron a la violencia, la modificación de la política penitenciaria (como el acercamiento al País Vasco de los 700 presos de ETA, 140 de los cuales estaban recluidos en Francia), y la apertura de un diálogo multipartidista. Este era el sentido de la Declaración de Aiete refrendada por destacadas personalidades, entre ellas el ex secretario general de la ONU, Kofi Annan.

Recuerdo las duras críticas del ex presidente del gobierno español Aznar, quien dijo que con esta conferencia estábamos estableciendo «una equivalencia moral entre terroristas y demócratas». Esta crítica era infundada: no estábamos allí para dar legitimidad a nadie, sino para hacer una modesta contribución para poner fin a un conflicto sangriento. Esto perturbó la narrativa de que la lucha antiterrorista por sí sola había puesto fin al conflicto. La verdad era más compleja, porque también era la sociedad vasca, incluidos sus componentes nacionalistas más radicales, la que quería pasar la página de la violencia. Era necesario ritualizar este llamamiento al fin de la violencia política con un acto contundente. Este fue el sentido de la conferencia de Aiete: encarnar esta voluntad. Con los demás miembros del GIC y el apoyo de la asociación vasca Lokarri, tuve el privilegio de acompañar el proceso de paz que condujo a la Declaración en la residencia de verano de Franco hace diez años. 

El resultado es bien conocido: el 20 de octubre de 2011, ETA anunció que abandonaba la lucha armada, y luego anunció su disolución en mayo de 2018 en un comunicado al Centro para el Diálogo Humanitario, poniendo fin al último conflicto armado en Europa Occidental.